Según el estudio, esta reducción estuvo vinculada principalmente a la mejora en los ingresos de las prestaciones sociales y a la desaceleración de la inflación. Sin embargo, el nivel actual continúa muy por encima de los registros de la última década.
De hecho, la mejor situación se observó en 2011, cuando la pobreza infantil había descendido al 35,7%. Desde entonces, el indicador mostró una tendencia creciente, con picos superiores al 60% a partir de 2020.
El informe también expone otras carencias que afectan a los chicos. El 42% vive en condiciones deficientes de saneamiento, mientras que el 61,2% no cuenta con cobertura médica a través de obra social, mutual o prepaga.
Además, el 82% no realiza actividades culturales fuera del ámbito escolar, lo que refleja limitaciones en el acceso a espacios de desarrollo e inclusión.
En el plano emocional, el 18% de los niños y adolescentes presenta síntomas de tristeza o ansiedad, cifra que se eleva al 21,2% en la adolescencia y afecta especialmente a las mujeres.
Las desigualdades sociales son marcadas. Los sectores más vulnerables duplican la probabilidad de padecer malestar emocional en comparación con los estratos más altos. A su vez, estas condiciones incrementan las dificultades en el aprendizaje.
En cuanto al acceso a recursos educativos, apenas la mitad de los hogares con niños tiene una computadora y solo el 16% cuenta con conexión a internet, lo que profundiza la brecha digital.
Aunque algunos indicadores muestran una leve mejora, el informe advierte que la pobreza infantil continúa siendo uno de los principales desafíos sociales del país, con consecuencias que impactan tanto en el presente como en el futuro de millones de chicos.
